Amor líquido (Zygmunt Bauman)

Publicado: octubre 10, 2011 en textos

Si usted se siente incómodo en este mundo líquido, perdido en medio de una profusión de signos contradictorios que parecen moverse de un lado a otro como si tuvieran ruedas, consulte a uno de esos expertos cuyos servicios jamás han sido tan solicitados y cuya variedad jamás ha sido tan amplia.

Los adivinos y astrólogos de eras pasadas solían decirles a sus clientes lo que el destino inexorable, inapelable e implacable les deparaba, sin importar lo que hicieran o dejaran de hacer. Los expertos de nuestra moderna era líquida muy probablemente responsabilizarán a sus desconcertados y perplejos clientes…
Los consultantes verán entonces que sus angustias remiten a sus acciones e inacciones, y deberán buscar (y sin duda encontrarán) los errores de su proceder: insuficiente autoestima, desconocimiento de sí mismos, conductas negligentes, apego exagerado a antiguas rutinas, lugares o personas, falta de entusiasmo por el cambio y reticencia a éste una vez que ya se ha producido. Los consejeros recomendarán más amor propio, seguridad y cuidado de uno mismo, y sugerirán a sus clientes que presten más atención a su capacidad interior para el goce y el placer, así como menos “dependencia” de los otros, menos atención a las exigencias de los otros y mayor distancia y frialdad a la hora de calcular pérdidas y ganancias. De ahí en adelante, los clientes que se aprenden la lección a conciencia y siguen el consejo al pie de la letra, deberán preguntarse con mayor frecuencia “¿me sirve de algo?” y exigir con mayor determinación de sus parejas y del resto que les den “más espacio”, es decir, que se mantengan a distancia, y que no esperen ingenuamente que los compromisos alguna vez contraídos tengan valor a perpetuidad.

No se deje atrapar. Evite los abrazos demasiado firmes. Recuerde: cuanto más profundos y densos sean sus lazos, vínculos, y compromisos, mayor es el riesgo. No confunda una red (un entramado de caminos por los cuales deslizarse) con una tela de araña, ese objeto traicionero que sólo sirve para atraparnos.

Y por sobre todo, jamás lo olvide: no hay nada peor que jugárselo todo a una sola carta.

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