La elegancia del erizo

Publicado: agosto 6, 2012 en textos, vida
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Iba esta mañana de camino a un andén, cuando la lluvia ha decidido sorprenderme a mí, y a mis maletas. Una hora más tarde, cuando estaba sumergido entre líneas, me he encontrado con esto. Y entonces, lluvia de verano.

¿Saben lo que es la lluvia de verano?

Primero la belleza pura horadando el cielo de verano, ese temor respetuoso que se apodera del corazón, sentirse uno tan irrisorio en el centro mismo de lo sublime, tan frágil y tan pleno de la majestuosidad de las cosas, atónito, cautivado, embelesado por la magnificencia del mundo.

Luego, recorres un pasillo y, de pronto, penetrar en una cámara de luz. Otra dimensión, certezas recién formadas. El cuerpo deja de ser ganga, el espíritu habita las nubes, la fuerza del agua es suya, se anuncian días felices, en un renacer.

Después, como a veces el llanto, cuando es rotundo, fuerte y solidario, deja tras de sí un gran espacio lavado de discordias, la lluvia, en verano, barriendo el polvo inmóvil, rea en las almas de los seres una suerte de hálito sin fin.

Así ciertas lluvias de verano se anclan en nosotros como un nuevo corazón que late al unísono del otro.

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